Conóceme
Desde pequeña, a mis cuatro años, decía con total certeza que quería ser abogada. Me movía una necesidad casi innata de justicia, de defender lo correcto. Tal vez por eso, la vida, caprichosa, me puso frente a tantos episodios de injusticia a lo largo del camino. Fue su forma de recordarme quién era y qué valores llevaba tatuados en el alma.
En mi adolescencia, asistí a una plática llamada TRASCENDER. No recuerdo cada palabra, pero sí la frase que se clavó para siempre en mi corazón:
“Sólo tienes esta vida para hacer el bien, para marcar la diferencia.”
Ese día entendí que mi existencia tenía un propósito mayor.
A los 16 años fui a misiones. Aunque el objetivo era evangelizar, lo que verdaderamente me transformó fue ver de cerca la desigualdad económica, social y cultural de México. Ahí se quebró algo en mí… y también nació un deseo profundo de cambiar realidades injustas.
Al terminar la preparatoria, creí que la vía para lograrlo era la vida religiosa. Pasé casi cuatro años en una congregación, entrando con ilusión y saliendo con heridas. Me encontré con una institución dañada desde la raíz, aunque dentro de ella también brillaban almas llenas de luz. Darme cuenta de que ese no era mi camino fue una de las lecciones más duras de mi vida. Al salir quedé sin rumbo, como si me hubieran quitado mi identidad.
Observé a mi familia, a mis amigas, intentando entender cómo se vivía fuera de ese mundo. Imité formas, estilos, comportamientos… buscando reconstruirme mientras descubría quién era realmente.
Más tarde, entré al mundo empresarial, atraída por la figura de mi padre, a quien admiraba profundamente. Trabajé en su canal de televisión; incluso me llamaba la atención conducir, pero nuevamente no me escuché. Me sumergí en su entorno político-empresarial hasta que me cansé de sentirme atada. Abrí mi propia agencia de marketing digital, un acto de libertad, aunque en el fondo sabía que tampoco ahí estaba mi vocación.
El llamado del poder… y la desilusión
En ese proceso me invitaron a formar parte de un partido político, prometiéndome que sería diputada. Debo ser sincera: el poder me llamó la atención, el ego del poder. Pensé que quizá ese era el camino para ayudar a las personas, una forma de retomar aquello que dejé cuando salí de la vida consagrada.
Pasé seis años en ese mundo. No entendía del todo el ambiente político, pero rápidamente noté cuántas personas estaban ahí para ser aplaudidas, para ser vistas. No niego que las leyes cambian vidas, y que muchas cosas buenas de mi país nacieron en esas curules. Pero para mí, la política se convirtió en un lugar de lucha constante, no de paz.
Y si algo comprendí profundamente es que mi vocación jamás debe quitarme la paz.
Dejé ese mundo en diciembre de 2024. Nueve meses antes había fallecido mi padre y había muchas cosas que acomodar. Entré en la empresa familiar por un tiempo, hasta que el ambiente se volvió pesado. Mi alma pedía otra cosa, pedía paz… paz y más paz.
El sonido que me encontró
En 2024, un amigo de hace años me invitó a una sesión de Gongs. Salí serena, ligera, como si algo dentro de mí por fin hubiera encontrado espacio para respirar. Noté que él fue luego a una certificación y, sin pensarlo, algo en mí despertó:
“Ay, yo quiero eso.”
Hacía mucho que no sentía ese impulso claro, esa chispa.
Busqué talleres, tomé un curso, él mismo me compartió una Maestría de Gong, y por sincronía divina también me apareció una certificación de 12 meses. Me inscribí. Todo comenzó a fluir.
Hoy no tengo la certeza absoluta de que el camino del Gong sea “mi vocación final”, pero sí sé que es mi camino presente, y que me hace profundamente feliz. En él encuentro lo que siempre he buscado: ayudar a los demás.
He comprendido que la salud mental importa tanto como la lucha contra la desigualdad. Que los cambios verdaderos empiezan adentro. Que cuando uno está bien por dentro, lo demás se acomoda. Y mientras se acomoda, necesitamos sostenernos, acompañarnos, cuidarnos.
Hay una frase de Vikrampal que llevo conmigo:
“Si cambias tu frecuencia, cambia tu vida.”
Yo lo he vivido en carne propia.
Por eso, te invito a caminar este trayecto conmigo, en resonancia, en presencia, en sonido.
Te invito a The Gong Path.

